Abril

Andrés Recio
Desde abril te escribo. Asomado a balcones que engullen dorados hilos de tenue luz que aterrizan sobre mis descompuestas notas, desparramándose sobre sus comas y exclamaciones, decolorando unos puntos suspensivos que se balancean indecisos entre ferias de libros y másteres falsarios. Descorro cortinas de ventanas y de instintos. Respiro. El sol reina alto, arrellanado en sus predios. Redondel perfecto que lucha a ratos contra unas nubes rápidas y caprichosas. Se sueltan las riendas de perfumes recién concebidos al tiempo que aumenta el fragor de ejércitos de insectos voraces, nerviosos convidados al imponente banquete primaveral. Desde abril, laborioso costurero de invernales heridas, te mando palabras enhebradas con trigo y avena que esconden en sus dobladillos deseos ruborizados. Abril parece inseguro, ambiguo, confuso como poema en ciernes que sangra por metáforas inconclusas, y que al cabo se torna en cancionero de nuevos huertos sembrados de sintaxis con olor a tierra mojada y a renovada vida. Desde abril desfilan los sentidos, acompasados, solazándose en las alamedas, en los arroyos, en las macetas que desfilan sobre blancas paredes enarbolando sus multicolores banderas tras meses de frío exilio. Desde un abril volandero, enredado en torno a sábanas blancas prendidas por abnegados alfileres, te nombro. Bajo cielos que se estrenan de un azul dubitativo y olores primigenios que inundan la melancolía de tornasolados atardeceres.

Desde abril se vislumbra una vieja y apaleada República -tierna e inocente como flores abrileñas- que vino a perfumar los días de un pueblo hambriento de pan y de alfabeto; ahíto de odios enquistados. Y ahora, con más pan, por abril de nuevo caminamos. Desde abril -que no miente aunque dude-, al que también "se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino", me cuelgo de tus alas de violeta; de tus ojos de jacaranda; de tu risa de veleta absorta a merced del suave viento. Desde un abril donde todo se distingue cuando ya casi nada es distinto por apariencial, por manido y gastado. Porque abril es actor que avala su espectáculo con diáfanos discursos sin palabras, que destrozan la falsa babel de hombres que se arrojan a la cara sus lenguas e idiomas, sus hablas y sus dialectos.

Con la tinta de sangre alborotada, entre juncia, grama y jaramagos, te escribo. Desde un abril testigo de ferias populosas y aromáticas romerías; panacea de caballos piafantes; orgía de pastores celebrantes de renacida lana. Desde un tiempo majestuoso y sencillo pronuncio tu nombre grácil, de cuatro letras coronadas por una coqueta ese de silencio, de sosiego, de sentido. Desde este abril de gorriones encendidos moldeo las caricias que te debo con el barro de arrepentidas golondrinas becquerianas, y desde sus altos pretiles de miradores límpidos te reclamo. Desde esta fiesta pública, impúdica, que explota sin aspavientos, y que afirma veredas que nos conducen irremisiblemente a la búsqueda de la sombra, del sudoroso búcaro, al tiempo definitivamente luminoso aderezado por el gazpacho nuestro de cada día. Paciencia. Mientras tanto domina abril. Pintor omnímodo, veleidoso pero de pulso firme, de lienzo desbordado de colores, de aguas breves y de soles rotundos.

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