Contra el olvido

Andrés Recio

En una entrevista reciente Antonio Muñoz Molina nos habla de cómo muchos de los derechos humanos crecieron y se asentaron en el siglo XIX de modo paralelo al crecimiento de la novela y motivados en parte por ésta. El bicho humano necesita vivir (des)olvidando para no caer constantemente en sus mismas y reiteradas trampas, y ahí la literatura atesora muchas funciones y ofrece posibilidades pedagógicas, de entretenimiento, de aprendizaje y ensoñación, de transformación y transmutación, de ocio y solaz, de alimento del alma y del cerebro, de pócima agitadora de conciencias y de inagotable amalgama de sensaciones. La literatura es sobre todo una formidable notaria que acoge celosamente en su seno el agudo recuerdo de gentes y de experiencias pretéritas, sus señas de identidad (que diría Juan Goytisolo), a las que protege contra la tiranía del paso del tiempo y del olvido. Quizás ese sea el mayor tesoro de los muchos que germinan bajo el fértil humus de ese arte milenario de contar cosas: ser ejemplo y juez del pasado, expositor variopinto de azares y causas, polvos mágicos contra la neblinosa indolencia, profunda mirada calidoscópica sobre seres y estares. Leer, aprender, indagar es uno de los mayores actos de humildad al que puede entregarse el ser humano, es compartir y dialogar con otras gentes, cotejar con otros pensamientos los tuyos propios, aquilatarlos con otras voces y miradas.

Dice Antonio Escohotado que "es mucho más fácil vender propaganda que vender pensamiento". Un libro puede convertirse en un bálsamo de fierabrás apto para todo: para una soledad o una alegría, para un viaje o una estancia, para un sueño y una realidad, para noches, tardes, madrugadas estrelladas (y de estrellarse), para bohemias y bonhomías, para rigurosos y versátiles, para enamorados, urbanitas y rurales, globalizados y eremitas, para encierros y, también, para imprevistas pandemias y confinamientos. La literatura cura del espanto, del enojo, del miedo, de la alegría sin causa, de la seguridad insegura, de la tristeza endémica, del desconocimiento, de los mentirosos y de la virtud, de los necios, de los hipócritas y de las excesivas flores, de la escarcha del desencanto, de los besos y los agravios, del sí y del no. Un libro en manos de un niño hará su mundo más ancho, sus posibles tristezas más breves, su libertad más irreductible. Los múltiples mundos literarios sí son potentes vacunas que nos salvan de tesis que pretendan erigirse en dogmas absolutos, y nos muestran, con ejemplos rotundos, que cualquier tiempo pasado pudo ser mejor o, también, muchísimo peor. Y así, ayudándonos a recoger un poquito de hilo del carrete de nuestra irrefrenable vanidad, nos ayudan a ver y a valorar que el verdadero milagro que alumbra al ser humano es simple y llanamente el de estar vivo, y que, como dijo el poeta británico Auden, somos poco más que "víctimas impotentes de la malévola autoridad y del ciego azar".

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