Sobre olores y memoria

Andrés Recio
Me hueles a repecho, a regajo y a cañada. Me hueles a pueblo blanco, pequeño, encaramado a una ladera donde se respira un aire cada vez más puro de soledad y de olvido. Me hueles a talega de tocino, morcilla y naranja washingtonia balanceándose bajo la mirada lánguida y codiciosa de un somnoliento perrillo echado entre sol y sombra. Me hueles a tres toques de diana ejecutados, paulatinamente "in crescendo", por mi padre en la mañana fría. Me hueles a heladas aferradas en antagónica comunión a las yerbas valientes y aguerridas que visten los lindazos y las barrancas. Me hueles a escarchas y a nubes negras que se deslizan amenazantes sobre aceituneros que tiran de telones impregnados de alperchín. Me hueles a un coro de mujeres de dedos vertiginosos, riéndose en sincronizada algarada de carcajadas estruendosas después de una frase obscena sobre la más joven y sus flirteos con el primer novio. Me hueles a hombros inclinados sobre espuertas de material recosido y a rodilleras de esponja forradas en escay. Me hueles a novela de tres de la tarde emitida a través de minúsculos transistores que proferían desgarradas quejas de desamor shakesperiano junto a unos pies ateridos. Me hueles a troncos centenarios, reviejos, rugosos y oreados como manos campesinas, a través de cuyas huecas desaparecían lagartos veloces, rechonchos y verdosos. Me hueles a gorros de lana coronados por pomposas y suaves borlas cubriendo orejas sembradas de sabañones. Me hueles a tostadas inmensas de pan de "bobas" doradas al calor de rescoldos gordos como puños que refulgían bajo antiguas trébedes en chimeneas de piedra y esquinas de color verde sempiterno. Me hueles a un paisaje abrupto y neblinoso salpicado de cañaverales destilando rocío, y también me hueles a una nueva añada que traía peonadas y que resucitaba nombres rotundos que fluian de boca en boca: alameñas y lechinas, hojiblanca y cornicabra, marteña y verdial... ¡Ay!, cómo me hueles a matanzas, a badila y a la vieja e infatigable cafetera de latón azul que siempre hacía "chup chup". Me hueles a cocina de leña, a aguacero virulento caído sobre el corralón del pozo rojo, sobre sus vigorosas macetas, sobre el peral y la descuidada gata romana que invariablemente paría en la pajareta. Me hueles a albardas y a cubiertas, a sogas de esparto y a sacos de yute; a "apuraera", a mediana, a "cojollera" resbaladiza y a vara larga de chopo. Me hueles a cincha y a ataharre, a "¡niño, dale un empujoncillo a "eza" carga!" y a chubasquero verde. Me hueles a nombres míticos de bestias leales : "Coronela", "Bravío", "Libertao", "Valeroso", "Carbonero"... Me hueles a poeta alicantino llorando en Jaén: "... quién arrancó tus olivos, quién". Me hueles a bodegas de ancestrales y frágiles barcos fenicios que a través del Mediterráneo te transportaron en sus vientres para dar a mi tierra pan, trabajo duro y verde fisonomía. Me hueles a pantalones de mi padre tendidos sobre el espaldar de una silla de enea, empapados, adornados con una gruesa cenefa de barro en los bajos y soltando densas nubecillas de vapor de agua al calor de la candela. Me hueles a charcos y a alameda, a niño postrado de rodillas ante la zaranda llevando a cabo una liturgia celebrada en atardeceres de gélida brisa, al compás de tallos desvanecidos y de saltarinas aceitunas. Me hueles a miedos y a sueños ungidos en tu seno –como diría Saramago- "por todas las razas y credos que se dicen buenos, por todos los credos y razas que llamamos malos". Fenicio de origen; andaluz de adopción. Me hueles a árbol sagrado de troncones tan imprevisibles como la vida, pero que siempre acaban en cruces de arraigadas pasiones que convergen en la milagrosa resurrección primaveral para sembrar tu vientre de flores; de futuros partos de pan. Me hueles a un mundo no tan lejano, más duro, pero también más sosegado, y que yace sepultado bajo el ruido de estridentes maquinarias y el tufo a gasolina. Y me hueles a otras oraciones: "¡Pan con Aceite, Madre!" "¡Eso quiero hoy de merienda!" Y vuela el bollito entre los dedos de un niño, con su hoyuelo encharcado en el centro y su espolvoreo de nívea azúcar, preso de mordiscos entre bolas, y aros, y trompos, y que jugando creció con él y heredó su olor ya por siempre indeleble. Sí. Me hueles a almazaras ahítas, empapadas de tu viscosidad voluptuosa, hijas de manos callosas y de espaldas encorvadas que te invocaron como se invocan a las cosas auténticas: entre el rechazo y la adoración. A ti, Padre Aceite. Padre de palabras sonoras y de huesos doloridos; de panes y de fríos. Aceite de olivos.

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