Morón en sus fronteras

Andrés Recio
Morón tiene carisma de pueblo e ínfulas de ciudad. Morón es “Mouror”, surtidor andaluz de haches moras que asaltaron la gramática en las almohadas de los sueños, en las alhajas de la codicia, en el alhelí de los perfumados deseos. Decir Morón es decir cálido pan suspendido en los pacientes picaportes y las silentes rejas del amanecer. Morón es la patria fiel de revolucionarios gorriones en Calzadilla y de burguesas golondrinas que exhiben sus gráciles acrobacias sobre los tejados que guarecen los primeros bostezos de un adormecido y madrugador Pantano. A sus puertas la Sierra Sur fenece, se adormece a sus pies tras prestar su último servicio encumbrando a su avejentado castillo, para luego diluirse calladamente, claudicando, dando paso al ancho labrantío que se despliega monótono en forma de extensa campiña que se derrama hacia el norte, amanchegada y solícita de una capital que ya se intuye desde la expatriada Ramira.

Morón es juez geográfico que dicta sentencias ocultas, legítimas y dispares, sin renunciar a su acervo, a su idiosincrasia, a sus formas de decir y de sentir, fiel bandolero de cal que reverbera aferrada a unos montes del Sur de los que jamás soltó amarras. Alma montañesa; corazón de planicie. Morón en sus fronteras: entre moros y cristianos, entre cerros salpimentados de centenarios olivos y llanuras vestidas de preñadas mieses, sinuosidades, ora verdes, mañana doradas. Fronteras entre Carnaval y Semana Santa, entre “Barrio” y “Milagrosa”, entre “Rancho” y “Puerta Sevilla”, entre “Alameda” y “Victoria”... Frontera entre dolorosa emigración y un deseo vehemente de raíces: y ayer cesó una fábrica, y se desvaneció un tren, y se cerró una casa. Frontera entre sacrosantos principios de engominado incienso y comparsas carnavaleras, reivindicativas por pertinacia y, por deber, bullangueras. Frontera entre el “De Profundis” de Jesús y el pareado del escarnio que desconcha la blanca fachada de conciencias que creíanse otrora puras. Frontera entre charanga callejera, jaculatorios rezos, disfraz y capirote, Biblia y Cancionero. Entre la complacencia de Fray Luis y el látigo verbal de Quevedo; entre el miserere y el beato, entre Don Carnal y Doña Cuaresma, entre sainetes y eucaristías, entre versículo y verso.

Y todo ocurre en la calle, todo en las plazas, todo en las entrañas de barricas loadas por Neruda: "El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos, nace el canto"; o desde el Arcipreste (pendenciero) de Hita –“Dame un trago de vino, ¡oh divino Juan Ruiz!”- tal como nos lo aclara el ripio machadiano, de Manuel el nacional, no de Antonio, el republicano. Todo sucede en las fronteras del ágora de los representantes, del comercio, del envanecido paseíllo y del chisme truculento. Y nos maqueamos, y salimos a la vida, al encuentro de las gentes, y se explaya el espíritu inquisitivo de Quevedo cuando febrero descorre sus cortinajes para mostrar lo efímero del Sur (¡Lo más eterno!), y acompaña con su azul, embriagador, el cielo: “Todo se ha trocado ya;/todo del revés está vuelto:/las mozas son soldados y los hombres son doncellos”. Se alza el telón, se difuminan los términos de un Morón que busca trascenderse: bien en religioso carnaval de estruendosa denuncia, bien en orgía recogida de prosopopeyas y rezos. ¡Qué paradojas, alma mía, qué paradojas! Fronteras de la exposición impúdica de seres y de estares, del bohemio y del ateo, del arribista y del alucinado, del casto golpe en el pecho, del vacuo sobreactuado, el de cara repintada, entre plumas e incienso y andrajos bien confeccionados. Morón es el escenario, y entre sus fronteras florece un teatro. De veneno es en febrero; en abril, puro arrebato.

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