Proporcionalidad

Andrés Recio

Casimiro Villegas es un policía local de Dos Hermanas. Una noche de hace ahora ocho años, y mientras dormía en su casa en compañía de su mujer, le despiertan unos ruidos a las tres de la madrugada. Casimiro baja al salón y se encuentra a cinco mendas desvalijando su hogar, su lugar sagrado, el último reducto de libertad e intimidad que se debe considerar en un país que se precie de civilizado. Se enzarzan en una brutal pelea, Casimiro consigue zafarse de dos de los asaltantes hiriendo a uno y resultando él también con heridas. Vuelve a su habitación, dolorido, aterrado, bajo una situación de estrés máximo que psicólogos y psiquiatras (o quien trate estos temas) deberían explicarle cada día a los legisladores de esta nación. Seguimos con Casimiro. Herido, asustado, pero decidido, baja de nuevo con una pistola en las manos mientras dos de los asaltantes se desplazan a la furgoneta con la que perpetran los robos para hacerse con una escopeta. Sale Casimiro a la puerta y hay un cruce de disparos. Hiere a tres de los ladrones que posteriormente se dan a la fuga. Y ojo, ahora viene la romería. Los delincuentes denuncian al policía. A día de hoy, y tras un intento de suicidio por parte del agente (al recibir las peticiones de la Fiscalía), este se enfrenta a veinte años de cárcel y 300.000 euros por responsabilidad civil más la decisión personal irrevocable de marcharse de España para siempre si logra salir de esta. Los asaltantes, por su parte, estuvieron dos de ellos nueve meses en prisión preventiva. Hoy pide la Fiscalía para los colegas entre tres y cinco años de pena mayor.

Y parece ser que todo depende de la proporcionalidad. A ver. Casimiro se equivocó. Erró en la estrategia que se debe seguir en estos casos en España, donde las leyes están hechas por diputados que tienen amplia experiencia en casos así. ¡Por Dios, Casimiro, proporcionalidad! Esa es la palabra mágica que tú como policía yo sé que conoces porque te zumban con ella en las sienes durante tus cuarenta años de servicio, pero que aquella noche, y en una situación que es de libro para grandes políticos legisladores, a ti se te disparó la adrenalina del cerebelo o de donde cojones esté guardada. Tú, Casimiro, mejor que nadie, debes saber que cuando abriste la puerta de tu salón y te encontraste con los cinco chorbos desmontando tus muebles de Ikea lo primero que debiste hacer es dar las buenas noches, educadamente, para calmar los ánimos, calibrándolo todo con el sosiego típico que conllevan estas situaciones, y entrevistarte, acto seguido, con el atracador por cuenta ajena que se erigía en jefe. Luego ya puedes sacar unas cervezas bien frías, o mejor, y por la hora que era, la botella de Ballantines, y mientras removéis, tú y los atracadores, el hielo de los güiscazos con golpes redondos de muñeca pues ya vais acordando las cuestiones del asalto para que este sea proporcional: concretáis cuándo te empuja uno de ellos; cuándo te coge otro del cuello mientras tú le muerdes la mano (sin desgarrar con los incisivos por supuesto); en qué momento el de la furgoneta te apunta con la escopeta paralela y dispara; cuándo lo haces tú; y si, en el segundo Ballantines (porque ya que estamos no vas a pecar de rácano), deciden que van a violar a tu mujer, pues también debes acordar con ellos lo que vale eso mientras les das fuego y les arrimas el cenicero del Betis que te regaló tu cuñado: un par de luxaciones, un codo y una rodilla, por ejemplo. Así todo saldrá bien, Casimiro. Sólo debes tener cuidado de que en el sumario no aparezca que durante la charla preparatoria del asalto a tu casa, mantenida con los proporcionales ladrones, les pusiste Ballantines, quedando probado que al fondo de tu mueble bar apareció una botella de Cardhu reserva veinte años. Porque eso sería lo último en agresión a nuestra divina proporcionalidad, decidida y aprobada entre tapices y pulcros pasillos, entre tapita con vinito a las doce y el maligno sentimiento que se cree progresista tiznando de pólvora y de miseria al que está durmiendo en paz en su casa.

Así que ya saben, tengan mucha vaselina a mano. Si les entran en casa de madrugada, aparte de ponerse en un rincón rezando el trisagio como las viejas cuando truena, les queda la denigrante opción de empuñar una pistola: primero para defender a tu familia, en tu casa; más tarde para descerrajarte un tiro en la sien o echarle huevos y tirarte al monte y defenderte de fiscales, de jueces y de legisladores, aquellos de frases dignas y labios populares. Y uno respira hondo para no pasarse en los términos usados en esta reflexión y lo único que se viene a las mientes de modo martilleante es una rúbrica de vacío, de impotencia, de asco ante tanto cinismo tan bien aprendido; tan extraordinariamente mamado. Porque tú, Casimiro, has leído, durante estos ocho años de calvario mientras llegaba el juicio, a autores que te explicaron con detalles minuciosos qué es lo que ocurrió en tu interior, qué pasó por tu cabeza esa noche para zafarte de dos tíos que te golpeaban con saña, qué clase de instinto animal se manifestó en ti en ese trance, y entendiste, estudiando, qué fuerza es la que te empujó a ir a buscar el arma más poderosa que tenías para salvar tu vida y la de tu mujer. No. Definitivamente no hay proporcionalidad en el código penal español para compensar ocho años cuajados de miedos y de horror, impregnados de pesadillas a media noche, de llantos de tu mujer, de intentos de suicidio, de tener que decidir marcharte de tu país, de tu tierra. Y todo porque una madrugada te defendiste, como lo haría cualquiera con redaños, de la humillación, de la agresión y tal vez de la muerte. A las tres de la mañana. En tu casa. Y flotando sobre todo esa palabra: proporcionalidad. Tan propicia para pescar en todos los caladeros de este circo donde hay bastantes más payasos que domadores, mientras los leones y las hienas ponen a su libre albedrío los precios de la dignidad y del raciocinio.

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