Maestros

Andrés Recio
Dicen que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Pero en todo hay excepciones. Hoy intentaba explicarme exactamente por qué en mi niñez mi madre me exigía, en cierto modo, que casi reverenciase a mis maestros. Imagino que aquellos hombres y mujeres albergaban un tesoro que ella intuía, al que nunca pudo acceder y del que deseaba con ahínco que yo fuese heredero. Luego uno comprueba, con una pátina de nostalgia prendida de la memoria, que cuando un buen maestro desaparece de tu vida te quedas con el alma un poco más fría, pero con el pecho y la cabeza calientes para el resto de tu existencia, portando un cofrecillo sonajero lleno de tesoros, de huellas y de alientos de tu vida, de compañeros lejanos de ruta. Hubo algunos maestros y maestras importantes. Pero en la distancia del tiempo y del recuerdo se impone, vencedora, la figura de un hombre joven, de unos 22 años, que con su desgarbada fisonomía pateaba unas calles donde todavía había boticas de viejos estantes curvados, aceras con malvas preñadas de panecillos y jornaleros grises que regresaban al atardecer; agotados y vencidos. Él forjó en mi memoria las primeras señales serias de una enfermedad que luego echaría raíces en mi riego sanguíneo, donde poco a poco adquirió temperatura y donde a día de hoy aún bulle y se retroalimenta. Con él cursé octavo de E.G.B., en un año en el cual le dio por recopilar una serie de romances antiquísimos que aún pululaban por mi pueblo impresos en la memoria de personas ancianas que mediante la oralidad recibieron ese legado de sus ancestros a través de generaciones, como un neurálgico alimento para su devenir por el mundo. Cuentos, poemas, narraciones, cantares juglarescos que crearon una mansión psicológica para escapar de la realidad asfixiante que imponían unas oscuras décadas cuyos oropeles eran el miedo, la necesidad y el hambre. Aquellos lejanos días veíamos los niños cómo en los atardeceres el joven maestro peregrinaba por las arterias de un minúsculo pueblo con un magnetofón ochentero al hombro, visitando a los más viejos moradores para conversar con ellos y arrancarles en forma de cantos de antiguos juglares las añejas historias de terror, de venganzas sangrientas por amoríos inconfesables, de bandoleros andaluces idolatrados por nobles hazañas; mitos, fábulas, leyendas alentadas al calor de honradas candelas en las frías y largas noches de invierno.

De aquellos días nació "Romancerillo de Villanueva de San Juan", impresionante documento sonoro surgido de las gargantas de aquellos hombres y mujeres, ancianos que desaparecieron hace muchos años, protagonistas de unas vidas en blanco y negro con almas ceñidas al misterio perpetuo de contar cosas. Portavoces de los miedos y de la psicología de sus ancestros, de sus fobias, sus supersticiones y sus grandezas, de lo más mágico con lo que siempre se reencontró y se reconfortó el hombre: la ficción que engrasa la tortuosa maquinaria de la vida.

Hoy, que la capacidad de fabular del hombre se diluye entre la vorágine de las noticias inminentes, de los acontecimientos vacuos, pasajeros, se nos olvida que siempre fuimos unos fabuladores irredimibles que necesitamos las ficciones, porque en ellas volcamos (y así completamos) las sensaciones propias; las certezas intuitivas. El joven Maestro del magnetofón se llamaba Don José Manuel Campos Díaz. Él, quizás sin saberlo, fue la génesis del proceso, el labriego que depositó en aquel niño la incisiva semilla que germinaría desbrozando maleza a golpes de versos, a mandobles de parrafadas, a ráfagas de páginas; luces que iluminan una vida condenándola para siempre entre las llamas de la Lengua y de la Literatura.

En septiembre retornan a sus nidos los maestros. Bastiones innegociables de cualquier sociedad que se precie y se respete a sí misma. Hoy van al tajo (sólo me basta hablar con algún amigo que ejerce esta profesión), en muchos casos, disminuidos en su singularidad, cercenados en lo que debiera ser una ciclópea y definitiva figura, y todo por mor de la autocomplacencia de una sociedad pazguata, engreída y cobarde. "La igualdad a la baja es la gran ley para agradar", decía Sthendal. No se nos vaya a traumatizar alguien. Pero las facturas se pagan de un modo u otro, porque no se puede obviar que muchos valores de niño también se adquieren al abrigo de los docentes: la responsabilidad, la empatía, el respeto, el esfuerzo, la templanza... Siendo Alejandro Magno un niño, su padre, Filipo II, consultó a su educador, Aristóteles, sobre cómo debería ser la educación que recibiese el futuro emperador, a lo cual le respondió el filósofo griego: "Habrá de ser una educación provista de muchos frenos y de no menos timones". Ignoro a qué nivel de frenos y de timones les está permitido trabajar hoy a los maestros, pero uno brega en la calle, interacciona con jóvenes, y por eso me asisten serios motivos para pensar que lo que prevalece de verdad es el citado y nefasto aforismo de Sthendal. Yo, por mi parte, me sumo a la enseñanza de Mauricio Wiesenthal cuando nos dice que "si alguien os trata con justicia por algo bueno que hayáis hecho aún le faltará la otra mitad del pago, que es el amor". Así que estas líneas quieren servir de justicia a mis maestros. El haberlas concebido es el producto de su herencia, aquella que mi madre intuia y percibía como si de un evangelio se tratase, y que todavía hoy retorna, y siempre lo hará, en forma de un amor agradecido y eterno hacia ellos.

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