Historia y camarones

Andrés Recio
Con el regustillo de un vino de la tierra caracoleando en el paladar leo que la Revolución Rusa estalló en el año 1917 del pasado siglo, y compruebo que ya en 1922 se tenía clarividente constancia en Cádiz de la gravedad de los hechos ocurridos en aquel país a raíz de la posterior guerra civil que siguió a la Revolución y que junto a la terrible hambruna resultante segaron la vida de casi treinta millones de personas. Por otro lado, se nos informa de una mísera España que asiste impertérrita y aterrorizada a la muerte de miles de sus hijos lanzados como corderos a una muerte segura en la guerra de Marruecos: lo que posteriormente será conocido como "Desastre de Annual". Y todo esto ocurre un año antes de que los españoles escuchasen por enésima vez el marcial taconeo de bigotudos militares desfilando sobre el asfalto de las calles de su país, en este caso, bajo los auspicios del dictador Miguel Primo de Rivera.

Mientras tanto, las muchedumbres enfervorizadas, y supersticiosamente poseídas, besan en Jerez de la Frontera el relicario que contiene el brazo incorrupto de San Francisco Javier, reliquia que ya había obrado algún milagro atestiguado por una excelsa y distinguidísima dama jerezana, paralítica, que recuperó, de un modo grácil y con una celeridad de tratamientos jamás imaginada, toda la movilidad menoscabada que la tenía postrada por deseo del sempiterno ladino y malvado Lucifer, todo esto según manifiesta ella misma ante los medios de comunicación de la época, haciendo alarde de un amplio repertorio de delicados ademanes compungidos y ejecutados a la sombra de una beatífica mirada que no deja lugar a la menor de las dudas. Y en medio de este revoltijo de noticias -que placenteramente leo en el bar "El Laurel", de Cádiz- el propio dueño del local la emprende a navajazos con su mujer, Josefa, y con un chorbo con el cual se entendía aquella, y a los cuales sorprende en una de las habitaciones interiores del negocio Antonio Calatris, que así se llamaba el dueño del susodicho local y agraviado esposo de la dama desmoñada.

¡Qué poco tiempo de sosiego nos ofreció nunca esta España nuestra! Eso es lo que pienso casi en voz alta mientras le hago unas fotos a la fachada del bar y a la portada del histórico "Diario de Cádiz" del mes de octubre de 1922 que cuelga enmarcada de una de las paredes y sostenida por una ladeada y herrumbrosa alcayata forjada en las postrimerías del siglo XIX. Afortunadamente, y una vez aclarado el anterior follón, hay que anotar que a día de hoy todo está mucho más tranquilo por estos pagos. Y pienso mientras concibo estas líneas que la literatura es un producto del sujeto (que glosa un poco al libre albedrío unos escuetos titulares), y que el sujeto no es otra cosa que un producto de la Historia. De modo que si tienen ocasión de pasar algún día por el antaño tan ajetreado local conocido como "El Laurel", ubicado en pleno centro de Cádiz y en la calle "Obispo de Urquinaona" del Barrio de San Juan, no olviden probar sus extraordinarias tortillitas de camarones, última y verdadera reliquia alabada, reconocida, y popularmente saboreada en la "Tacita de Plata" y parte de sus contornos. Se lo recomienda un servidor que es creyente, practicante enfervorizado y que, además, con sus propios sentidos las vio, las palpó y las cató.

En Cádiz, a 11 de mayo del 2019.

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