La palabra y la alquimia

Andrés Recio
"El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo". Esta es una de las frases iniciales de "Cien años de soledad", la considerada como obra cumbre del desaparecido Gabriel García Márquez, haciendo clara referencia a la magia de la lengua, de las palabras; de la necesidad determinante del ser humano por asignar un nombre a cada objeto, ser, circunstancia y sentimiento que inevitablemente forman parte de su entorno e influyen con inflexible condicionamiento en su existencia. Lenguas esparcidas cual granada que se estrella contra un muro de hormigón, extendiéndose a lo largo y ancho del planeta y adoptando múltiples texturas fonéticas. La magia de la lengua es sin duda uno de los grandes milagros concebidos y desarrollados por el ser humano. Dice el lingüista Noan Chomsky que lo que más le apasiona del estudio del lenguaje es el hecho de que es el espejo de la mente. Y en realidad es así. Somos palabras, conceptos. Amamos y sufrimos con palabras, viajamos con ellas, nos proyectamos hacia el mundo exterior y hacia los demás porque previamente conceptualizamos con ellas todo nuestro entorno. Luego, en un plano más restringido, está la turbulencia a que permanece expuesta constantemente una lengua por medio de la comunidad que la utiliza introduciendo nuevos conceptos, acepciones, localismos, etc., es lo que le da a la misma ciertas connotaciones (y valga como oportuna la equivalencia) alquimistas.

El salto cualitativo de un idioma no sólo es obra de las personas que hacen del lenguaje su herramienta de trabajo y vehículo de expresión, o su oasis de ocio desde el respeto y un cierto conocimiento, sino que hay que contar, y al mismo nivel de importancia, con la desaforada imaginación del pueblo, de las gentes y su ingenio sin límites a la hora de hacer crecer y evolucionar una lengua. En mi localidad de origen, Villanueva de San Juan, tenemos claros ejemplos del proceso evolutivo de las palabras (y de la inventiva de las gentes), cuyo depositario es el pueblo, que las utiliza, las moldea y las hace suyas dándoles una morfología propia, acompañada de una fonética nacida del carácter intrínseco de la comunidad. Sirvan a modo de ejemplo: "asomatraspón", "chirrinclío", "atentemonete", "chuchurro", "enguarchinao", 'ganchá", "mendorro", "pergaña", "tasmear", "gañípalo", "pirriaque", "zarapando", "plaerón', "estullirse", "empoyincarse","canvallá","achancapaja", "gallúo", "esparpucho", "curruco", "escurcar" "ciquitraque" y un largo etcétera. ¡Esto es como para quedarse "ehmorecio"! Son localismos. Nuestros hasta la médula. Engendrados en nuestro acervo a fuerza de inventiva pertinaz y aislamiento obligado durante siglos. Son un tesoro lentamente moldeado; hiperbólicamente auténtico.

Es cierto que el último paso en el uso de un idioma lo dan los que poseen la llave mágica para abrir las distintas dependencias por las que deambulan el misterio, la inspiración, la ternura y la templanza necesarias para hacer literatura: los poetas y los narradores. En una ocasión le oí decir a Arturo Pérez Reverte: "Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera: planteamiento, nudo, desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y predicado", y luego esta exposición la condensaba en tres palabras: " Escribo como lector". Con esto se refería a las técnicas para escribir, como asimismo a un cierto bagaje de lecturas, clásicas y contemporáneas, pero yo creo que no mencionó el hecho de que para activar esa técnica de manera efectiva el narrador tendrá que ir a abrevar a las calderas del pueblo. Allí se mezcla, bulle y se transforma la auténtica materia prima. Bajar a la tasca de la esquina (por ejemplo) donde la blasfemia se sacraliza porque ese es uno de sus templos. Palabras que nacieron del pueblo y maduraron y crecieron con él, para luego pasar por las dependencias mágicas a veces visitadas por poetas y narradores, y en última instancia quedar plasmadas en el hasta entonces impoluto papel, ahora generoso y atento guardián del resultado de ese proceso alquímico, de esa transmutación maravillosa e increíble que utiliza lo que llamamos palabra para dar nombre a las cosas. Para hacer intelectualmente interpretable la raíz de la esencia humana, esto es: la vida, la muerte, los sentimientos y las emociones.

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