Tabernas

Marcos Martínez
Leo en estos días, no sin cierta preocupación, que en nuestra querida y amada España cada vez se cierran más bares. Si antaño éramos tierra de tabernas, resulta que ahora estamos abandonando estos templos. Puede pensar el distraído lector que es una buena noticia, que el lugar de estos altares paganos lo ocuparán bibliotecas, librerías o salas de teatro. Pero a este que suscribe, la noticia le ha dejado honda preocupación.

La primera duda que me planteo es qué ocurrirá con toda esa legión de biólogos, graduados en Filosofía, universitarios con másteres variados (de los de verdad) y jóvenes en general, que disponen de una envidiable formación académica. Esos que nuestro querido reino trata tan bien que les ofrecen trabajar poniendo café y copas por un sueldo, que, en la mayoría de los casos, da para comer y poco más. Me da mucha pena que a nuestros turistas alemanes, ingleses o rusos ya nos les sirva el gin tónic un experto en álgebra.

También pienso que hay cosas que no son fruto de la casualidad. Teniendo en cuenta que hoy en día el único lugar donde el ciudadano protesta es el bar, no sería extraño que algunos dirigentes estuvieran interesados en que estos púlpitos de la queja y la reclamación desaparecieran. Veo a los pseudograduados, turbolicenciados y protomasterizados capaces de intentar una conspiración antitabernaria para evitar cualquier tipo de crítica hacia ellos, aunque no es menos cierto que pensar en esto es concederles una inteligencia de la que a todas luces carecen.

Por último, y lo que más me toca la fibra sentimental, es que desaparecen los bares de toda la vida, los de la barriada, los que eran lugares de reunión de los vecinos, donde se daba solución a la crisis deportiva del Sevilla o el Betis mientras se jugaba la partida de dominó, donde se hablaba de macroeconomía en términos comprensibles para catalogar la situación del país. En definitiva, las auténticas sedes sociales de los que día a día forman este país.

Sit tibi terra levis.

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